viernes 20 de abril de 2007

Parte del rito


Después de la última cerveza me pasan cosas. Porque la última cerveza por lo general no es la última, sino la que viene antes de la última. Entre esa cerveza y la quinta esencia de mi tripartición hay como un mundo al que todavía no acostumbro. Le gente que me conoce sabe de esto. Sabe que hay cosas que no recuerdo y parece que al otro día, cuando dejo mi inclinación de fantasma y me vuelvo material (por decirlo de alguna manera) estoy jodiéndome todo el santo día para recordar lo que quise olvidar al cabo de la última y la última. Pero a veces no quiero recordar nada y sucede entonces que empiezo a olvidarme de la premisa:”por favor no recuerdes”, y me viene en ganas, tal vez por una fragancia en particular, el recuerdo, entonces me dan ganas de tomarme una cerveza y deambular por esos lugares opacos de la mente. Y me seduce la idea por la que creo que hay aquí un sudor no preciso, nada de sexo, no follar, es incierto. Hace un tiempo me decía a mis adentros que era el sueño, o el vampiro dubitativo de alguna pesadilla, pero no hay vampiro, no es delirium tremens, y menos que menos un mambo del faso. Pero hay cierta musiquita que tengo en las retinas y me cuesta horrores quitármela del corazón. Es el único momento que tengo adrede. Quiero decir que por una elección visigoda me supongo herido o taciturno, y empieza la musiquita. No sabría como explicármelo. Menos cuando uso palabras como taciturno, digo, decorar con el lenguaje una idea. Al fin y al cabo pienso que es para lo único que sirve, estamos hablando del lenguaje. En fin, la musiquita es también como el lenguaje y por ahí, si me vuelvo digno de esta gesta, la musiquita impide que agarre las armas tomar y cometa un arrepentimiento. Pero no dejo de pensar que también la policía es una institución agradable y soberana, entonces me parece que hago bien cuando institucionalizo mi propio dolor de póster; ese es el beneficio del rockero, ser un niño terriblemente adicto a sus propias rebeliones. Cuando pienso en esto no puedo dejar de contemplar todas las caras que veo por ahí, cada vez que una viola menea sus acordes. Niños indóciles y cebados que no tiene cabida en otra frecuencia que el propio trajinar del corazón zambullido en un tiempo que es música, una niebla espesa y repentina que retumba a la vez que enaltece, muchachas con la voz ronca y los pechos transpirados por el sexo del rock, entonces dejo de pensar en boludeces y voy a comprar una cerveza mientras veo las caderas que me acribillan y me siento como un dibujito animado perforado. Pero olvido, a veces, solo a veces, que también soy parte de algo que no quiero recordar, tal vez por que me guste mucho.