Nos metimos la noche en los bolsillos: conclusiones de un sábado inconcluso
Hace un par de horas atrás estábamos en la ciudad más detestable de la Argentina. Puntualmente me refiero a Carlos Paz. Una ciudad ideada en función de otra cuidad no menos detestable: Las Vegas. Una mala copia de no se que cosa. El motivo era la presentación de Pier. A un punto no voy a entrar en la polémica que versa sobre si Pier imita a Los Redondos, si la viola suena a U2, o que en algún tema se note la influencia de Pink Floyd. En realidad me chupa un huevo este calibre de cuestión. Desde mi humilde opinión, el rock de Pier es batallador y en fin es lo único que me interesa, pero por otra parte creo que lo que le hace muy mal a esta banda es tocar en lugares como en el que se presentaron este último sábado, y voy a hacer un par de aclaraciones al respecto: te debe chupar un huevo si una banda se presenta en un lugar arquitectónico cualquiera, pero este… no sé bien como llamarle; era un paraíso hindú, encima te quieren meter el dedo en la boca con aquello de que sea rocanrol cuando este boliche de cuarta está pensado para ganarse unos mangos con lo más careta de Córdoba en pleno verano. Aparte si te vas a poner las pilas y cobras una entrada a 20 mangos todo bien, yo la pago loco, pero no me vengas con que te viene con una consumición y después me das un vasito de café hasta la mitad de cerveza fría por que si me hubiesen tirado la birra caliente tendría un poco más de clase man. Era el cumpleaños de 13 del más cheto de la tribu. Señoritas calzadas en pantaloncitos rojos, con la falsa sonrisa de “te vendo cualquiera, vistes”, y dejémonos de joder. Y luego te vendían la birra a 10 mangos en una gilada de plástico de medio litro, la concha de la lora, si el condenado lugar debe ser del hijo de Domingo Caballo. Tenés que ser el nieto del gallego De La Sota para ir a ese lugar. Todo un despropósito. Pero bueno, así las cosas uno encuentra gente interesante y hay que rebuscárselas para que no te asalten en esa maldita ciudad. No estoy hablando de una villa, ni ahí. Estoy hablando de un espectáculo de mierda, un teatrito de cuarta actuado para la satisfacción de la gente, y me parece que es preferible que Pier o cualquier otra banda toquen en el medio del monte a tener que ensuciar las suelas de mis reputísimas zapatillas en esa ciudad de mierda, en ese bolichón de mierda. Y si uno no se pone las pilas y no sabe donde demonios va a tocar es preferible que no toquen a que lo hagan en un no se que mierda caretón de un tipo que los trae por 7.000 mangos para levantar el boliche. Eso te ensucia el prontuario loco.
La otra sala del infierno
Una palabra le vamos a dedicar al show. La presentación estuvo muy buena, digamos que sin fisuras, hay creo que un lenguaje ya creado por los Cerezo que le mete leña al asado. Y no estamos hablando de señas sintéticas. La sintaxis con la que se maneja la banda de suyo les viene bien. El público de Pier (y no lo digo por mí) le hace honor a la encrucijada; chabones laburadores que no piensan en otra cosa que copetear cervezas después del trajinar de la semana, al fin y al cabo es la única que nos dejan, si te garcan hasta en la parada del colectivo. Y la monada necesita un fuego sagrado en donde descargar sus energías. Creo que lo mismo hace la banda: tocar y rodar, como si de palmar en todos lados se tratara. Se sabe porque los flacos tocan casi todos los putos fines de semana y ahí reside su premio mayor, el aguante con su gente. No es la careteada de Cordera y los suyos que hacen un River por año y después le dan rosca a la demagogia con la vaina de “no tenemos guita” para verlos luego veraneando en Punta del Este, otro de los lugares más indeseados del mundo. Lo de Pier es laburo de changarines, si ellos mismos se acomodan la mochila más pesada, y se cargan el show a los omóplatos en una suerte de gesta contra el destino para satisfacer la garganta menos predispuesta. En fin, te puede gustar o no, pero no hay que sacarles mérito por esto, aquí hay madera y de la buena y no tenemos tiempo de emular un par de vicisitudes. Los esperamos en Córdoba Capital cuando los vientos del rock soplen en un Junio impreciso y confundido y cuando los parlantes inclinen su delito necesario y peguen nuevamente el grito de batalla: “la re concha de la lora, ¡otra vez es rocanrol!"
La otra sala del infierno
Una palabra le vamos a dedicar al show. La presentación estuvo muy buena, digamos que sin fisuras, hay creo que un lenguaje ya creado por los Cerezo que le mete leña al asado. Y no estamos hablando de señas sintéticas. La sintaxis con la que se maneja la banda de suyo les viene bien. El público de Pier (y no lo digo por mí) le hace honor a la encrucijada; chabones laburadores que no piensan en otra cosa que copetear cervezas después del trajinar de la semana, al fin y al cabo es la única que nos dejan, si te garcan hasta en la parada del colectivo. Y la monada necesita un fuego sagrado en donde descargar sus energías. Creo que lo mismo hace la banda: tocar y rodar, como si de palmar en todos lados se tratara. Se sabe porque los flacos tocan casi todos los putos fines de semana y ahí reside su premio mayor, el aguante con su gente. No es la careteada de Cordera y los suyos que hacen un River por año y después le dan rosca a la demagogia con la vaina de “no tenemos guita” para verlos luego veraneando en Punta del Este, otro de los lugares más indeseados del mundo. Lo de Pier es laburo de changarines, si ellos mismos se acomodan la mochila más pesada, y se cargan el show a los omóplatos en una suerte de gesta contra el destino para satisfacer la garganta menos predispuesta. En fin, te puede gustar o no, pero no hay que sacarles mérito por esto, aquí hay madera y de la buena y no tenemos tiempo de emular un par de vicisitudes. Los esperamos en Córdoba Capital cuando los vientos del rock soplen en un Junio impreciso y confundido y cuando los parlantes inclinen su delito necesario y peguen nuevamente el grito de batalla: “la re concha de la lora, ¡otra vez es rocanrol!"

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