Un brindis por el caudillo
Cada vez que elevo el vaso, como una especie de tratado de liviandad, me pongo a pensar en algo, pongamos por caso, no sé, la importancia existencial del humo u otro calibre de cosas semejantes. Voy por mi tercer whisky (lo tomo sin hielo, por que el hielo me hace mal) y comienzo a responderme cuestiones que aún no me he preguntado. Bueno, la idea es está: ¿qué es lo que hace que una banda se convierta en estandarte? Sucede entonces que me maquillo con el mejor disfraz y veo la veta en el fondo del vaso. Las grandes bandas se han forjado en función de una rivalidad eterna, la cuestión agónica de la voz y la guitarra. El agón es la pelea entre la vida y la muerte, lo material y lo ideal, lo sacro y lo profano. Ejemplos sobran para detallar el comentario, pongamos por caso: Plant y Page, Jagger y Richards, el indio y Skay. El sábado pasado, delirando en Juniors vi reflejado el fuego sagrado al que me refiero. Pero no es la cuestión del mitema mencionado lo que me lleva a empinar nuevamente el codo para encontrar un poco de luz. Así las cosas las sombras de la noche reparan en esta suerte de corazón que tengo por corazón y aclaro panoramas. Cargarse la patria al hombro. Divaguemos un poco. La lectura marxista del Martín Fierro describe la persecución del gaucho por parte del estado gracias al incumplimiento de un deber institucionalizado por éste y la posterior sentencia de la sociedad que destierra al gaucho del estamento social. El primer icono es entonces el gaucho matrero, expatriado, desterrado, sin un horizonte fijo, con el único objeto de vagar por la vida con las esperanzas repelidas. Con el avance de la modernidad las grandes urbes comienzan a comerse el campo, que de suyo es el lugar del gaucho. Hay aquí una trasformación: el vago, el terrible caminante de las pampas pasa a ser ahora el compadrito, el guapo, el obsceno callejero de la periferia urbana, el atorrante, un nuevo icono despreciado por la sociedad burguesa. De la mixtura de estos dos representativos nace el tercer icono; más acá en el tiempo, el tercer icono es el rockero: pelilargo, sucio, inconforme prehistórico, laburante de dos mangos la hora y otra vez despreciado por su dejadez, sus tatuajes y su forma alocada de tomar cerveza. A cada icono le corresponde una forma musical: al gaucho el folklore, al guapo el tango, al bardero el rock. De alguna manera no puedo dejar de pensar que muy pocas bandas respetan semejante legado y si de bandas hablamos la que carga con tal estandarte es Almafuerte. El caudillo Iorio lo sabe muy bien y respeta su coherencia, no ya de profeta, pero si la de resucitar a nuestros íconos heridos. En este tiempo de la ensalada y el vale todo en que nuestros maestros son acribillados por la policía, donde es más importante lo mediático que el talento y nos viven robando las tierras allá en Tilcara o en donde sea, gracias a los intereses foráneos de un par de hijos de puta con guita, en esta bendita nación nuestra que se pregunta hace siete meses donde está Julio López, el hecho de que un cabrón como Iorio ponga los huevos donde deben ir y les cante a esa manga de malditos, ladinos y forros no es un despropósito, sino más bien la justicia poética de alguien que entiende estos tiempos y a donde vamos. Muy bien amigo Iorio, levanto el enésimo whisky por usted, porque usted si que se carga la patria al hombro.




