martes 24 de abril de 2007

Un brindis por el caudillo

Cada vez que elevo el vaso, como una especie de tratado de liviandad, me pongo a pensar en algo, pongamos por caso, no sé, la importancia existencial del humo u otro calibre de cosas semejantes. Voy por mi tercer whisky (lo tomo sin hielo, por que el hielo me hace mal) y comienzo a responderme cuestiones que aún no me he preguntado. Bueno, la idea es está: ¿qué es lo que hace que una banda se convierta en estandarte? Sucede entonces que me maquillo con el mejor disfraz y veo la veta en el fondo del vaso. Las grandes bandas se han forjado en función de una rivalidad eterna, la cuestión agónica de la voz y la guitarra. El agón es la pelea entre la vida y la muerte, lo material y lo ideal, lo sacro y lo profano. Ejemplos sobran para detallar el comentario, pongamos por caso: Plant y Page, Jagger y Richards, el indio y Skay. El sábado pasado, delirando en Juniors vi reflejado el fuego sagrado al que me refiero. Pero no es la cuestión del mitema mencionado lo que me lleva a empinar nuevamente el codo para encontrar un poco de luz. Así las cosas las sombras de la noche reparan en esta suerte de corazón que tengo por corazón y aclaro panoramas. Cargarse la patria al hombro. Divaguemos un poco. La lectura marxista del Martín Fierro describe la persecución del gaucho por parte del estado gracias al incumplimiento de un deber institucionalizado por éste y la posterior sentencia de la sociedad que destierra al gaucho del estamento social. El primer icono es entonces el gaucho matrero, expatriado, desterrado, sin un horizonte fijo, con el único objeto de vagar por la vida con las esperanzas repelidas. Con el avance de la modernidad las grandes urbes comienzan a comerse el campo, que de suyo es el lugar del gaucho. Hay aquí una trasformación: el vago, el terrible caminante de las pampas pasa a ser ahora el compadrito, el guapo, el obsceno callejero de la periferia urbana, el atorrante, un nuevo icono despreciado por la sociedad burguesa. De la mixtura de estos dos representativos nace el tercer icono; más acá en el tiempo, el tercer icono es el rockero: pelilargo, sucio, inconforme prehistórico, laburante de dos mangos la hora y otra vez despreciado por su dejadez, sus tatuajes y su forma alocada de tomar cerveza. A cada icono le corresponde una forma musical: al gaucho el folklore, al guapo el tango, al bardero el rock. De alguna manera no puedo dejar de pensar que muy pocas bandas respetan semejante legado y si de bandas hablamos la que carga con tal estandarte es Almafuerte. El caudillo Iorio lo sabe muy bien y respeta su coherencia, no ya de profeta, pero si la de resucitar a nuestros íconos heridos. En este tiempo de la ensalada y el vale todo en que nuestros maestros son acribillados por la policía, donde es más importante lo mediático que el talento y nos viven robando las tierras allá en Tilcara o en donde sea, gracias a los intereses foráneos de un par de hijos de puta con guita, en esta bendita nación nuestra que se pregunta hace siete meses donde está Julio López, el hecho de que un cabrón como Iorio ponga los huevos donde deben ir y les cante a esa manga de malditos, ladinos y forros no es un despropósito, sino más bien la justicia poética de alguien que entiende estos tiempos y a donde vamos. Muy bien amigo Iorio, levanto el enésimo whisky por usted, porque usted si que se carga la patria al hombro.

lunes 23 de abril de 2007

La biblia escrita por un vitricida

31- Ustedes, por su parte, aspiren a los dones más perfectos. Y ahora yo les mostraré un camino más perfecto todavía...

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y entendiese a fe cierta el dogma de los intelectuales sin corbata que con su afán de pulverizar la conciencia colectiva de un pueblo, es decir, su cultura, destruyen la sacralización de la poesía popular (la del poeta enérgico que infla sus pulmones con la vehemencia y la demencia y la ginebra necesarias), si no tengo ironía, soy como una campana o un platillo que retiñe el oído idiota de los mal logrados sin hacerles comprender su futilidad. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y la ciencia de la drogomancia, aunque tuviera toda la fe, una fe ciega en el hombre y en su empresa capaz de trasladar las montañas hasta el bar más próximo, si no tengo ironía, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes y mis males para alimentar a los pobres de corazón, a los estúpidos idealizantes e idealizados, a los burócratas crónicos y a los hipócritas nefastos que con ánimo de respaldar aquello del estamento clasista luchan por el bien del pueblo, pero ni bien llegan a su casa untan el dedo en la lata y se llevan todo el queso; aunque entregara mi cuerpo a las llamas con un cartel en la frente de socialista converso, compuesto y confeso y alentara mis banderas mientras la hoguera me derrite, si no tengo ironía, no me sirve de nada.
La ironía es paciente y es servicial, no es envidiosa ya que de su palma emana un chiste auto Hamlet, la ironía entiende sus propias limitaciones, no procede con bajeza como la risa del señor fascista, nada tiene que ver con la dictadura cultural a la que acostumbramos, ni se irrita por ésta, sino todo lo contrario, de suyo a la ironía no le pertenece el papel de juzgar de forma maniquea lo que le pertenece al canon y lo que emerge como sangre en potro desbocado: la ironía dignifica a la cultura como tal, como dignifica al hombre haciéndole participe de su naturaleza finita en su infinita limitación y en su infinita humanidad. La ironía no se jacta de absolver a los incompatibles marginados que produce el sistema, no bendice la inconsistencia del capitalismo ni se enorgullece de sí ya que no busca otro derrotero que ser eficaz en cuanto a la resaca, a la falsa virilidad machista, a las vicisitudes y a la impronta del dinero que halla su oscura apetencia en la muerte del alma humana. La ironía todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. La ironía no pasará jamás. La buena poesía acabará como acabó el barco ebrio de Rimbaud o como se marchitaron los pétalos de malignas flores de Baudelaire. Desaparecerán las ventas de anabólicos, drogas oscuras y otras hierbas no menos psicodélicas, por que nuestra psicodelia es imperfecta y las posibilidades de la poesía de hoy muy limitadas. Cuando llegue lo perfecto lo imperfecto cesará.
Mientras yo era un muchacho burgués, hablaba como un burgués, sentía y razonaba como un maldito capitalista, pero cuando me hice curda, deje la ropa limpia y las fragancias afrodisíacas, es decir, las miles de falsedades por las cuales el macho alfa enajenado vive y suspira. Ahora vemos como en un espejo, todo lo confuso que entra en el alma humana para hacerla consciente de su propio ego tridimensionado, pero cuando venga la verdad, lo único que veremos será el bolsillo roto de un ropaje que no llevamos, y también veremos al ser humano en su paz infinita, con su naturaleza hueca llena de huecos. Ahora conozco imperfectamente, luego vendrá la ironía y me abrirá los ojos y me mostrará cuanto de lo que no tengo y aún no carezco. En una palabra: puedes tener una mujer infiel, un galón de cerveza caliente y una cosecha de white rinho cien por ciento sativa pero si no tienes ironía, de nada vale la pena ya que de las virtudes antes mencionadas la más importante es la ironía...

viernes 20 de abril de 2007

Parte del rito


Después de la última cerveza me pasan cosas. Porque la última cerveza por lo general no es la última, sino la que viene antes de la última. Entre esa cerveza y la quinta esencia de mi tripartición hay como un mundo al que todavía no acostumbro. Le gente que me conoce sabe de esto. Sabe que hay cosas que no recuerdo y parece que al otro día, cuando dejo mi inclinación de fantasma y me vuelvo material (por decirlo de alguna manera) estoy jodiéndome todo el santo día para recordar lo que quise olvidar al cabo de la última y la última. Pero a veces no quiero recordar nada y sucede entonces que empiezo a olvidarme de la premisa:”por favor no recuerdes”, y me viene en ganas, tal vez por una fragancia en particular, el recuerdo, entonces me dan ganas de tomarme una cerveza y deambular por esos lugares opacos de la mente. Y me seduce la idea por la que creo que hay aquí un sudor no preciso, nada de sexo, no follar, es incierto. Hace un tiempo me decía a mis adentros que era el sueño, o el vampiro dubitativo de alguna pesadilla, pero no hay vampiro, no es delirium tremens, y menos que menos un mambo del faso. Pero hay cierta musiquita que tengo en las retinas y me cuesta horrores quitármela del corazón. Es el único momento que tengo adrede. Quiero decir que por una elección visigoda me supongo herido o taciturno, y empieza la musiquita. No sabría como explicármelo. Menos cuando uso palabras como taciturno, digo, decorar con el lenguaje una idea. Al fin y al cabo pienso que es para lo único que sirve, estamos hablando del lenguaje. En fin, la musiquita es también como el lenguaje y por ahí, si me vuelvo digno de esta gesta, la musiquita impide que agarre las armas tomar y cometa un arrepentimiento. Pero no dejo de pensar que también la policía es una institución agradable y soberana, entonces me parece que hago bien cuando institucionalizo mi propio dolor de póster; ese es el beneficio del rockero, ser un niño terriblemente adicto a sus propias rebeliones. Cuando pienso en esto no puedo dejar de contemplar todas las caras que veo por ahí, cada vez que una viola menea sus acordes. Niños indóciles y cebados que no tiene cabida en otra frecuencia que el propio trajinar del corazón zambullido en un tiempo que es música, una niebla espesa y repentina que retumba a la vez que enaltece, muchachas con la voz ronca y los pechos transpirados por el sexo del rock, entonces dejo de pensar en boludeces y voy a comprar una cerveza mientras veo las caderas que me acribillan y me siento como un dibujito animado perforado. Pero olvido, a veces, solo a veces, que también soy parte de algo que no quiero recordar, tal vez por que me guste mucho.

lunes 16 de abril de 2007

Profeta en su tierra


El sábado 14 de abril de 2007 en el estadio Juniors de la Ciudad de Córdoba, tuvo lugar el Córdoba Metal Fest 2007. Tocaron Horcas, Razones Concientes, O´Connor y Almafuerte.

Cualquiera que los haya tenido en frente lo sabe muy bien. Si no haz visto a Claudio O´Connor y a Ricardo Iorio en vivo, no haz visto nada.

O´Connor es la fuerza vibrante del metal argentino con toda la carga del fuego, el acero y el tiempo; que el heavy metal como artilugio épico de lo que sacro nos queda levanta como estandarte sobre estas pampas heridas de vaciamiento.

Y Iorio… Iorio es la fuerza de la vida misma. Porque si lo vez a Iorio te dan ganas de estar limpio con vos mismo y aquellos que te rodean, te dan ganas de ser hombre, padre, soldado y sobre todas las cosas, sobre todas las cosas: metalero y argentino.

Imposible comprender y hacer propio ese aguante de patriótica franqueza que desde Almafuerte reclama el olímpico Ricardo Iorio, sin sentirse sobre todas las cosas argentino, porque es al macho sembrador de montañas a quien Iorio le habla.

Entre la gente que no lo soporta se oye decir de suyo que es demagógico, xenofóbico, machista… y puede ser, sí… puede ser. Cada vez que abre la boca se manda una puteada, es cierto. No sé si sirven de algo los hombres que hacen lo que dicen y dicen lo que piensan. Pero justamente, estamos en el planeta tierra, República Argentina, rodeados de muñecos…

Diamante negro o carne de cañón. Sos lo que sos, si no estás ciego sos lo que sos… dirán que habla demasiado, que se ha partido la cabeza, que la ha pasado amarga y sí… pero da la impresión que desde el escenario, comandando a Almafuerte, Iorio ve mucho más allá, mucho más allá de la gente y de sí mismo.

lunes 9 de abril de 2007

Nos metimos la noche en los bolsillos: conclusiones de un sábado inconcluso


Hace un par de horas atrás estábamos en la ciudad más detestable de la Argentina. Puntualmente me refiero a Carlos Paz. Una ciudad ideada en función de otra cuidad no menos detestable: Las Vegas. Una mala copia de no se que cosa. El motivo era la presentación de Pier. A un punto no voy a entrar en la polémica que versa sobre si Pier imita a Los Redondos, si la viola suena a U2, o que en algún tema se note la influencia de Pink Floyd. En realidad me chupa un huevo este calibre de cuestión. Desde mi humilde opinión, el rock de Pier es batallador y en fin es lo único que me interesa, pero por otra parte creo que lo que le hace muy mal a esta banda es tocar en lugares como en el que se presentaron este último sábado, y voy a hacer un par de aclaraciones al respecto: te debe chupar un huevo si una banda se presenta en un lugar arquitectónico cualquiera, pero este… no sé bien como llamarle; era un paraíso hindú, encima te quieren meter el dedo en la boca con aquello de que sea rocanrol cuando este boliche de cuarta está pensado para ganarse unos mangos con lo más careta de Córdoba en pleno verano. Aparte si te vas a poner las pilas y cobras una entrada a 20 mangos todo bien, yo la pago loco, pero no me vengas con que te viene con una consumición y después me das un vasito de café hasta la mitad de cerveza fría por que si me hubiesen tirado la birra caliente tendría un poco más de clase man. Era el cumpleaños de 13 del más cheto de la tribu. Señoritas calzadas en pantaloncitos rojos, con la falsa sonrisa de “te vendo cualquiera, vistes”, y dejémonos de joder. Y luego te vendían la birra a 10 mangos en una gilada de plástico de medio litro, la concha de la lora, si el condenado lugar debe ser del hijo de Domingo Caballo. Tenés que ser el nieto del gallego De La Sota para ir a ese lugar. Todo un despropósito. Pero bueno, así las cosas uno encuentra gente interesante y hay que rebuscárselas para que no te asalten en esa maldita ciudad. No estoy hablando de una villa, ni ahí. Estoy hablando de un espectáculo de mierda, un teatrito de cuarta actuado para la satisfacción de la gente, y me parece que es preferible que Pier o cualquier otra banda toquen en el medio del monte a tener que ensuciar las suelas de mis reputísimas zapatillas en esa ciudad de mierda, en ese bolichón de mierda. Y si uno no se pone las pilas y no sabe donde demonios va a tocar es preferible que no toquen a que lo hagan en un no se que mierda caretón de un tipo que los trae por 7.000 mangos para levantar el boliche. Eso te ensucia el prontuario loco.

La otra sala del infierno

Una palabra le vamos a dedicar al show. La presentación estuvo muy buena, digamos que sin fisuras, hay creo que un lenguaje ya creado por los Cerezo que le mete leña al asado. Y no estamos hablando de señas sintéticas. La sintaxis con la que se maneja la banda de suyo les viene bien. El público de Pier (y no lo digo por mí) le hace honor a la encrucijada; chabones laburadores que no piensan en otra cosa que copetear cervezas después del trajinar de la semana, al fin y al cabo es la única que nos dejan, si te garcan hasta en la parada del colectivo. Y la monada necesita un fuego sagrado en donde descargar sus energías. Creo que lo mismo hace la banda: tocar y rodar, como si de palmar en todos lados se tratara. Se sabe porque los flacos tocan casi todos los putos fines de semana y ahí reside su premio mayor, el aguante con su gente. No es la careteada de Cordera y los suyos que hacen un River por año y después le dan rosca a la demagogia con la vaina de “no tenemos guita” para verlos luego veraneando en Punta del Este, otro de los lugares más indeseados del mundo. Lo de Pier es laburo de changarines, si ellos mismos se acomodan la mochila más pesada, y se cargan el show a los omóplatos en una suerte de gesta contra el destino para satisfacer la garganta menos predispuesta. En fin, te puede gustar o no, pero no hay que sacarles mérito por esto, aquí hay madera y de la buena y no tenemos tiempo de emular un par de vicisitudes. Los esperamos en Córdoba Capital cuando los vientos del rock soplen en un Junio impreciso y confundido y cuando los parlantes inclinen su delito necesario y peguen nuevamente el grito de batalla: “la re concha de la lora, ¡otra vez es rocanrol!"

Seguir martillando


El hecho por el cual nos ponemos a discutir con algún matiz de insolencia si de por cierto aquella vieja vaina del rock es por estos días un negocio, creo, no tiene que desesperar a nadie. El público del rock no es ningún boludo. De suyo sabe que es un negocio y muy rentable da la casualidad. La movida independiente de sellos discográficos garantiza a la vez que haya libertad creativa y creadora. Pero sabemos que la plata es plata y por supuesto se desprende que el que transa puede vacacionar en algún paraíso fiscal. A fuerza de verdad lo que esta en discusión es si le corresponde al rock estar en el lugar en donde está, no si se lo ha ganado o cual fue la estrategia para ubicarse en un pastel semejante. El rock jamás, históricamente, a pertenecido al centro de la escena, siempre ha sido el hijo renegado de la cultura, obra de arlequines confusos que buscaban una respuesta a como sobrevivir en la mierda. Al rock le pertenecen lo contestatario y la periferia, un ámbito desde donde se bardea y se delira a la sociedad misma. La cultura de masas ha logrado (y esto debe ser su único punto a favor) democratizar el pensamiento, torta a la que se ha accedido, históricamente, por herencia de sangre. Y es en las huestes de los que siempre fueron relegados en donde nace el fuego que nos hace hervir la sangre. Entonces no se entiende a esta gente que con ánimo de diferenciarse dice sobre su criterio estético: "lo que hacemos es rock barrial, rock de la calle”, si el rock siempre es barrial loco, siempre el rock se ha manifestado en una esquina, entre etnias no precisas pero que de alguna manera estaban unidas por una sola naturaleza, ser los eternos desplazados, los raritos, los sucios, los vagos, los zurditos. No sé qué demonios se busca al llevar el rock al centro, a ocupar un lugar tal dentro del campo cultural. Hoy en día vemos programas de rock, cadenas televisivas de rock, radios de rock, y a todos estos negocios se los mistifica con un solo eslogan, “rock nacional”, como queriendo instalar un patriotismo histriónico. El eslogan es un ítem del capitalismo que busca simplificar para vender más con una fe muy fuerte en la identificación. Entonces pasa que vemos no ya a las tribus, sino a las barriadas que aguantan a su banda como aguantan a su club. Se forma allí un lugar de pertenencia que pierde su efecto cuando se habla de rock ya que al rocker el único ámbito de pertenencia que le corresponde es el de no pertenecer a nada, ser un iconoclasta, un autodidacta, un antihéroe sí, pero el que imparte más justicia. Y esa justicia es malinterpretada, una lectura mal hecha de las cosas. A mi no me importa con que bocha uno pueda identificarse, personalmente cualquier colectivo me viene bien y tengo bien en claro para lo que estoy, sé, y lo digo con un orgullo de la puta madre, lo que me hace saltar el corazón y para que mierda estoy en este mundo insufrible, pero hay una cosa que me tiene bien y es que no me vendo ni por 30 palos verdes y tampoco voy a salir en la Isla de Caras. Porque no quiero, porque pertenezco a una fe sagrada, porque el músculo se me espesa a la hora de agitar y no vivo de robarle a la gente, porque me encantan esas chicas sudadas igual o más que la cerveza más recalcitrante. Pero que le voy a hacer, no ando narrando cuentos chinos. Viste loco, esa es mi onda, a mi me chupa un huevo la cultura oficial al igual que todas la figuritas de cuarta de Dotto Models, y no escatimo los esfuerzos. Que se vayan a cagar con las revistitas de moda. No soy un profesional, a fin de cuentas soy un desastre a contramano pero tengo el pulmón predispuesto y un ancla en la yugular y no es para congraciarse, pero mi hígado es atómico y cuando escucho rock encuentro mi norte y me crecen los huevos.

Hoy es hoy


Recuerdo tres discos. “Appetite for destruction” de 1987; “El cielo puede esperar”, de 1990 y “Trance zomba”, de 1994. Tres discos. Tres bandas diferentes. Un mismo momento. Esa era la época en que en el barrio había un par de pibes pasándose casettes TDK negros grabados y regrabados… también sonaban Iron Maiden, Metallica… y más tarde 2 minutos y Sepultura. Por ahí aparecía uno de los Sex Pistols, Ratos de Porao, Gatos Sucios o alguna otra banda medio rara… algunos tenían remeritas rockeras y ya calzaban John Foos, que en esa época costaban 2 mangos y eran iguales que ahora. Entonces, cuando se decía “Rock Nacional” se estaba hablando de Soda Stereo, Charly García, Fito Páez y León Gieco… nada más.

No. Ni La Renga, ni Divididos, ni Callejeros. Nada de eso existía aún.

En 1990 en una fiesta de cumpleaños de un vecino puse a sonar la cassette de “El cielo puede esperar” e inmediatamente llamaron a mis padres para que me llevaran a mi casa. A la cassette no la devolvieron. Ni mis padres la reclamaron (para ellos cualquier cosa que no fuera Deep Purple o Led Zeppelin no justificaba tomar medidas al respecto). Y yo hasta el día de hoy no he vuelto a escuchar Attaque… después de aquella situación del cumpleaños me entretuve mejor con Los Violadores y otras banditas parecidas durante un breve tiempo.

Sí. Ser rockerito era raro e insufrible cuando se vivía rodeado de gente que hacía sus deleites escuchando Jazzy Mel, Ace of Base, Roxette y otras pelotudeces. Pero con el tiempo las bandas se hicieron cargo de aquel “Vamos…!” ricotero y llegaron todas juntas.

Ahora lo que suena es el rock. Lo que suena. Lo que vende. Si no escuchás rock escuchás electrónica. Si no vas a festivales vas a raves. Si no hubiera rock ni electrónica ahora estarías consumiendo The Sacados viejo. Así que decile gracias a la industria nacional por haber madurado un poco más de lo esperado sin que dependa de vos.

Lo único que sé del negocio del rock es que da resultado. Lo sé porque cada vez escucho más bandas y cada vez suenan mejor. Lo sé porque llega el finde y no importa dónde vaya, encontraré sobre el escenario una banda de rock. De pronto esta ciudad se ha convertido en la ciudad en la que quiero vivir… enciendo la radio: rock. La tele: rock. Pasan los autos: rock. Chicos silbando: rock. Gente llenándose de guita: rock rock rock.

Durante este último finde 2 bandas tocaron en ámbitos hasta ahora vedados para el público del palo: La Mancha de Rolando en Carreras y PIER en Khalama. Se abren nuevos escenarios, el rock conquista e intoxica todo. El rock está de moda viejo… de moda. Y ya lo poco que queda para diferenciarte de esos caretas que no te bancás ni ahí, es que ellos continúan vistiéndose mejor que vos.

Seguí participando!